miércoles, 10 de febrero de 2021

La mujer incompleta. Agujero

Un pozo.

El abismo.

Una fosa insondable.

El fondo negro del mar.

El último acantilado de la tierra.

Una puerta entreabierta en la noche.

El universo ignoto que gira entre el colchón y el suelo.

Las garras metálicas de un malvado de película que desea meterse en mis sueños.

El interior de aquel armario de puertas que no encajaban que estaba en mi habitación de niña.

Aquel muro del patio de parvulario en el que habitaba una bruja fea que me susurraba.

La puerta de reja de un instituto nuevo que me parecía una boca hambrienta.

Una calle umbría bordeada por plataneros que rompían el suelo.   

El tintineo de unas llaves al ritmo de mis pasos.

Un agujero en el vientre.  

Los espejos.

El futuro.

Sola.


Miedo.


Echo de menos no pensar en el mañana. Cuando solo existía el ahora y un poquito el luego. La hora de la cena y quizá, ese rato antes de dormir. 

Solo existe el futuro. Se está comiendo todo mi reino de Fantasía esa nada implacable y muda. La realidad devora mis sueños y los deja en fragmentos roídos y aislados, rodeados de miedo, como un archipiélago en cuyas aguas anidaran tiburones. 

Habito un desierto pequeño, que cabe en uno de esos álbumes que evito abrir para que no se me llene el suelo de arena. 

Echo de menos creer que no sería como las demás mujeres tristes de mi familia. 

Echo de menos las risas tontas y cruzar semáforos a ciegas.

Echo de menos creer que las cosas no se rompen si no se tocan. 

Echo de menos verte llegar.

Te echo de menos.

Te echo.

Solo me queda el futuro con sus profundidades oscuras.





domingo, 27 de diciembre de 2020

La mujer incompleta. La insolente resistencia del ser

Desaparecer como motor de toda acción. Los pasos que me llevan a la nada obligan a mi corazón a bombear la sangre que se me calienta en el cuerpo. Antítesis. Me asombra la terquedad de los cuerpos. 

Las manos me arden. Quemo. Mis manos abrasan con su fuego de dragón herido, de animal mitológico que se sabe irreal, extinto. La luz de mis manos atraen en la noche a cuerpos que se quedan adheridos a mis palmas y sus pieles hermosas acaban fundidas, arrugadas. Mis manos como lámparas incandescentes que atraen hacia su fin a las mariposas perdidas en la noche. Sin embargo, son mis manos las que quisieran hundirse en esa oscuridad de medianoche y desaparecer, tal vez devoradas por las bocas de esos insectos que me buscan. Sería esperanzador llegar al día sin esos apéndices que eran como garras. Ver su ausencia en el espejo por la mañana y sonreír porque el ser habría empezado a ceder ante la insistencia de la vida en arrasarme. 

Parece una imagen de pesadilla, aunque no es más que un deseo.

Últimamente tengo pesadillas. Anoche soñé con un hombre quemado de cara derretida, sin orejas, sin nariz, al que le hice hace un par de vidas la tarjeta de socio de Fnac. Yo, con mis ilusiones intactas y mi nombre en un cartelito de plástico colgado con un imperdible en el chalecho verde de la empresa. Imperdible. Siempre me ha parecido una palabra importante otorgada a un objeto mínimo y demasiado punzante. Aunque quizá en algo así, pequeño e hiriente, acaben esos recuerdos de momentos que consideré imperdibles; lo he pensado después de que a mi móvil, ese Iphone de pantalla estrellada contra el suelo que aún estoy pagando, le haya dado por recordarme fotografías más o menos antiguas de la vida que a la que acabo de renunciar sin preguntarme si quiera si lo consideraba oportuno. Cada vez que me asalta con uno de esos recuerdos en imagen fija siento un agujazo en la boda del estómago y pienso en las veces que me pinché la yema del dedo índice con aquel imperdible que fijaba mi nombre a un chaleco que me definía sin explicar nada de mí. 

Dos vidas menos. Resto sin saber cuántas me deben de quedar ni cuántas exactamente he dejado de vivir.

También soñé con un viaje. En este caso no era parte del pasado, sino de un futuro que no sé si existirá. Todo lo que vivo hoy lo hace posible. Todo lo que sé de la vida lo convierte en improbable. Un viaje que me llevaría lejos, a un paisaje desconocido, a una calidez húmeda y a un mar nuevo. En el sueño, el viaje iba a ser en barco. Desde que leí El amor en tiempos del cólera viajar en barco con una persona amada me parece maravilloso. Retrasar el momento de la llegada, dilatar la fantasía de lo impredecible y nuevo, de la ausencia de rutina y verdad, alejar todo lo posible la realidad para concentrarse en algo que no existe todavía, en un deseo. El sueño se transformó en pesadilla. El barco era demasiado grande y yo me perdia en él. Pero no era yo la que buscaba, yo solo desaparecía. Eran los otros los que intentaban encontrarme. 

Al despertarme pensé que nunca antes había desaparecido en un sueño. En la vida real lo he intentado desde niña, empecé a hacerlo cuando iba con mis padres al Pryca o al Baricentro, no sé, y me metía entre esas gigantescas alfombras que colgaban de perchas también enormes, como si fueran piezas de ropa. Aguantaba la respiración y disfrutaba al ver desde mi escondite a mi madre asustada e histérica buscándome por los pasillos. Cuando me encontraban, mi madre me pegaba en el culo muy fuerte. Recuerdo la rabia que me daba constatar a través de ese escozor que mi cuerpo seguía ahí, que no me había esfumado como yo quería.  

El dolor me recuerda que sigo aquí, también ahora. Cómo me fastidia esta insolente resistencia del ser.

lunes, 2 de noviembre de 2020

La mujer incompleta. Vaso roto

He vuelto a romper un vaso. Me quedan dos de la media docena que compré en el bazar chino cuando tuve que irme. Solo dos. Nunca antes había roto un vaso. Ni un plato. Ni nada. Siempre tuve cuidado con mis cosas, quizá porque siempre fui consciente de no tener demasiadas y de no tener demasiadas oportunidades de remplazar lo perdido o deteriorado. 

Pero aunque sigo siendo consciente de la imposibilidad de recuperar lo roto, se me rompen las cosas entre las manos. Si miro hacia atrás, desde hoy hasta hace un año, puedo ir enumerando las cosas rotas que he acabado tirando o escondiendo porque las dejé inservibles: cuatro vasos de cristal, un plato de cerámica, una botella de cava que estalló en el primer cajón del congelador y cuyos pedazos sigo retirando de vez en cuando de entre las bolsas de verduras congeladas, una hoja del libro de poemas de Joan Maragall que intento explicar a mis alumnos y que rasgué al pasarla demasiado rápido, el tirante de un vestido de verano que se quedará colgando hasta que vuelva el calor, la bolsa cuyas asas cedieron al peso del ordenador y de todos los papeles que me acompañan de arriba abajo, un dibujo que hizo mi hija y que rompí pensando que era basura, lo que provocó decepción y un llanto inconsolable que duró una tarde; la pantalla del móvil que aún estoy pagando, la luna de un espejo con sus siete años de mala suerte como condena, un paraguas, la letra r del teclado, un matrimonio y un corazón. 

Cuando rompí el último de los vasos me quedé mirando la grieta como si esperara encontrar algo en la rendija milimétrica que se había abierto en el vidrio. Tal vez estuviera allí escondido el invisible secreto de mis manos torpes. Pensaba que si miraba la raja atentamente podía llegar a entender cómo se habían llegado a extender las fisuras de mi relación, si lograba comprender cómo se había abierto esa cascadura solo con un pequeño golpe seco del cristal contra la base del microondas que tengo colgado en una de las paredes de la cocina, quizá podía llegar a entender el cuarteamiento que había sufrido mi vida. Pero sonó el timbre del móvil y me alejé de cualquier hipótesis a la que pudiera estar aproximándome. 

Siempre me alejo de las respuestas. He preferido las preguntas. Me mantienen en movimiento. Las respuestas son decepcionantes la mayoría de las veces. Me mueve la curiosidad. Y, como al gato, siempre ha estado a punto de matarme esta manía mía de indagar, de querer saber. Con lo bien que se debe de vivir sin tener ni idea de casi nada. Qué felicidad intuyo en el desinterés y el conformismo. Qué infelicidad en la insatisfacción y el deseo. La sed de Tántalo imposible de calmar ni con todo el agua arrojada por las Danaides. De los dioses airados también les hablo a mis alumnos. Pero casi no me escuchan. Me gusta explicarles historias. Es lo más bonito que puedo hacer. Ofrecerles mentiras, las mentiras que han acabado convertidas en arte, en literatura. Siempre es más agradable la mentira. La prefiero a la verdad. La verdad no suele ayudar a nadie. 

viernes, 12 de junio de 2020

La mujer incompleta. Un hombre que plantaba árboles

Una vez amé a un hombre que plantaba árboles con las manos. Me quedaba embobada mirando esas manos de hombre que sabían introducir vida en la tierra.
En realidad era un chico con cuerpo de hombre, con voz de hombre, con manos de hombre, que me hacía pensar que los relojes no sirven para mucho, o al menos, no para tanto.
Una vez amé. Y se me queda el verbo en pasado. Antes no, ahora, cuando escribo, el amor se me va al ayer. Se me queda lejos, como un perro que no quiere seguir caminando y se planta y espera a que su dueño le entienda y retroceda. Pero yo no puedo retroceder. La rebeldía de este verbo me ha pillado en medio de un descenso, justo cuando la pendiente te impulsa a correr para evitar la caída.
Al principio, cuando me salía el verbo en pasado, cuando escribía en una libreta, lo corregía, redondeaba la e. Tengo varías páginas llenas de oes que parecen tachadas. Ya no lo hago.

Este encierro coincide con mi huida. Las fases del confinamiento han coincidido, como una broma amarga de la vida, con mis fases de mujer lunar. Fase 0, la de mayor gravedad, la de aislamiento casi total, la de añorar el contacto de un abrazo tanto como el calor de un abrigo en la primera semana de marzo.
Fase 1. Incomprensión. Soledad. Frustración. Impotencia. Miedo. Mucho miedo. Miedos de distinta índole que se atraían y formaban una amalgama deforme y desagradable. Fase 2. Desesperación y luz. Dudas y puertas abiertas por fin. Y yo como un pájaro acostumbrado a su jaula que teme salir volando.
He salido al fin, pero noto las alas pegadas a los costados.
Soledad nueva envuelta en flores y colores cálidos.
Fase 2. Todo se vuelve nuevo de repente. Incluso las penas. Incluso la voz que me devuelven como un golpe las paredes también nuevas. O el silencio.
Deseaba silencio. Cuidado con lo que deseamos. Se puede convertir en la nueva normalidad.
Deseaba que las manos de ese chico con cuerpo de hombre plantaran flores y arbustos aromáticos en mi cintura, que sus dedos araran mi espalda y la preparan para ser sembrada con besos. Pero en la fase 2 los deseos flotan como embriones ingrávidos que aún no saben si acabarán naciendo o se perderán en sangre.
Llegará la fase 3. Solo espero aprender a desplegar las alas.













domingo, 16 de febrero de 2020

La mujer incompleta. Yogures griegos y monstruos marinos



Estoy en ese supermercado que no cierra ningún día del año y en el que atienden una serie de chavales jóvenes de ojos enrojecidos. Supongo que siempre trabajan fumados y que su ritmo lento e imperturbable se debe a los efectos de la maría o del hachís. No sé qué fumarán esos chavales. Son muy jóvenes, quizá tengan entre dieciocho y veinte o veintidós años. Me los imagino viviendo aún en casa de sus padres, sin ningún título que les permita optar a un puesto de trabajo mejor. Fracaso escolar, mucho parque y malas compañías en esa edad en la que la conciencia del yo es tan grande, tan inmensa, que no deja espacio para ninguna opinión ajena, para ningún consejo. Me imagino a unos padres primero desesperados y luego resignados, al fin y al cabo el futuro que están jodiendo no es sino el suyo, ellos ya se han peleado con la vida. Sus padres lo deben de pasar todo por alto a cambio de que no incordien demasiado en casa, de que dejen de gritar y de dar puñetazos en las paredes y las puertas. O quizá son chicos tranquilos sin ningún propósito, sin ningún plan. Cariñosos incluso, pero tan desmotivados que no le ven sentido a ningún esfuerzo. Mejor el camino fácil. Da igual el futuro, eso no importa mucho. No les importa a los chavales, ni tampoco a los padres. A mí me importaba. Mucho. Cuando dejé mi bonito y reluciente empleo de editora para empezar a trabajar en un instituto, cuando dejé el olor perfumado de los ascensores de espejos inmaculados y brillantes de la editorial por los pasillos salpicados de trozos de fuet y aulas que apestaban a zapatillas y feromonas, pensaba que la formación de los chavales era importante.
Para mí era importante que aprendieran cosas. Que fueran engrosando eso que algunos, los más interesados, empezaron a llamar su mochila. Sabían que la llevaban vacía, que dentro no había nada más que aburrimiento, tretas varias para ir tirando y pasando de curso, exámenes facilones, clases pesadas sobre temas que no eran de su interés y horas muertas. Para los chavales todo el tiempo que pasaban dentro del instituto es tiempo muerto. Tiempo muerto. Yo me espantaba cuando lo decían. Qué va a ser tiempo muerto el tiempo que pasáis en el aula. Con la de cosas que podéis aprender, con la de datos interesantes o curiosos que podemos ofreceros los profesores. Pero se me había olvidado que yo en el instituto era una friki de gafas enormes que amaba la lectura y que no entendía a esos que a mi ojos eran unos idiotas gamberros que solo hacían que molestar y que se suponía que molaban. Se me olvidó que yo era la excepción, juntos a tres o cuatro más, que confirmaban una norma no escrita: la humanidad es imbécil y no quiere que nadie se lo haga saber porque vive feliz en su idiotez. Y ahora me siento de nuevo sola. He vuelto al instituto y vuelvo a estar rodeada de gente normal que sube y baja escaleras formando bancos como los peces. Personas normales que se deslizan por la vida deseando ser exactamente igual que el de al lado y que lo único que las diferencia del resto es su particular manera de dañar o de atacar.

Se me había olvidado. Tanto tiempo rodeada de otros frikis amantes de la literatura y de la precisión del lenguaje en el mundo editorial, un mundo suspendido en una galaxia distinta, mucho más ingrávido gracias a su atmósfera de metáforas, palabras y belleza, en el que se puede observar cómo aquellos tan poco populares en el instituto, aquellos que recibían collejas y burlas, pasan a ser editores o responsables de marketing desacomplejados, listos y hasta atractivos en su manera de ser diferentes. De pardillos cuatrojos a triunfadores con zapatos caros.
Se me había olvidado que lo normal es no tener capacidad para conmoverse más allá de con el placer que aporta una nueva serie de Netflix o un yogur griego.
En el supermercado acababa de descubrir un nuevo sabor de griego de Danone: fresas con chocolate blanco. Y nueva textura: mousse. Se me hace la boca agua y el paladar se excita ante la promesa de una experiencia nueva. Los cojo. Tengo el paquete en la mano, pero cuatriplican la cantidad de calorías de las gelatinas de yogur que tengo en el cesto. Otro día, pienso y dejo el paquete donde estaba. Otro día en el que no recuerde lo que cené u olvide revisar la descripción del producto.

Cuarenta y un años y contando calorías.

Cuarenta y un años y renunciando al placer del sabor dulce del chocolate blanco fundiéndose con la acidez aromática de las fresas.

Cuarenta y un años y con más miedo que una niña de tres que se hubiera perdido entre el pasillo de lácteos y el de conservas. Aunque en realidad no sé lo que siente una niña de tres años perdida en un supermercado. Nunca me perdí siendo niña, a veces lo intenté, pero me fue imposible, mi madre siempre estaba atenta, siempre vigilante, siempre pegada a mí, aferrándome la muñeca cuando me resistía y no quería darle la mano. Recuerdo sus dedos, como una garra, cerrados entorno a mi brazo flacucho. Pero de nada sirvieron su prevención y sus manos y ahora ando perdida por la vida, tanto que casi entiendo a esos chavales sin rumbo.
Qué narices, pienso, y vuelvo a la nevera. Cojo el paquete cargado de calorías y uno de flanes de huevo de propina y me dirijo a la caja sin pensármelo dos veces. Cuando me pongo a la cola, me fijo en una mujer de unos setenta años que está esperando para pagar: cabello despeinado, teñido de rojo haría ya unas semanas, zapatillas de estar por casa, leggins de leopardo y chaquetón granate. Iba hecha un desastre. Me fijo en su compra y veo que no lleva nada más que una cebolla, un pimiento y dos cartones de vino tinto de mesa, de esos tan malos que vienen envasados en tetrabrik.

Miré mis yogures y su vino y me di cuenta de que eran lo mismo pero en diferente etapa. Miré a la señora y estuve a punto de echarme a llorar. Su vino malo de tetrabrik en sus manos de dedos gruesos y uñas mal pintadas era el futuro de mis yogures. Del azúcar al alcohol. Me vi como uno de esos protagonistas agobiados de Black Mirror, viviendo mi propia pesadilla distópica: allí estaba mi yo del futuro, pero en vez de lentillas con cámara o chips insertados bajo la piel tenía un asco de vino tinto alienante en la mano para mostrarme lo horrible de mi posible porvenir. Pobreza, soledad, descuido y necesidad de huida. Salí de allí y me vi reflejada en el cristal de la puerta de mi edificio y me puse a llorar.  

Cuarenta y un años. Crisis de la mediana edad. Eso debe de ser lo que estoy pasando. La doctora no me lo ha dicho, la doctora solo me ha recetado un ansiolítico y me ha dicho que entiende perfectamente la dificultad para soportar el estrés de la vida tal como está montada. Me estuvo explicando que tiene tres hijos, el tercero llegó de penalti cuando los dos mayores tenían seis y ocho años. No lo tenía previsto y no lo querían. Ni ella ni su marido, pero resultó que no se atrevieron a tomar ninguna decisión más drástica y decidieron tenerlo. Pero ahora estaban hasta los cojones de no dormir y de tener que correr a la guardería cuando los dos mayores ya están en el colegio y empiezan a ser independientes. Estuve escuchando las penas de la doctora hasta que se dio cuenta de que mis lágrimas, que no dejaban de brotar, no tenían que nada ver con sus penas y que necesitaba que me dieran algo ya para poder salir de allí con un mínimo de esperanza en la raza humana, o al menos en los descubrimientos que había realizado mi especie en el campo de la química.
No tengo nada. Bueno, mejor dicho, no poseo nada en esta sociedad que nos empuja a ser dueños de algo, a tener dinero o casa o coche o mascota o marido o hijos o familia.
No poseo nada. Solo una hija. SOLO. Y un agujero en mi cuenta y un peso en el pecho que creo que podría hundirme hasta el fondo si me metiera en el agua del mar. Podría llegar hasta donde están los calamares gigantes si me dejara llevar por el peso y por la llamada que siento de tanto en tanto. Hundida entre seres extraños con tentáculos y pico, con un cuerpo blando capaz de devorar un cachalote. Llegar al fondo oscuro en el que habitan los monstruos marinos. Una voz, esa voz que me llama y me dice que me asome. Intento no asomarme nunca. Me pongo los cascos y subo el volumen de la música cuando oigo esa voz que me surge del estómago. Subo mucho el volumen y busco en la lista alguna canción rítmica, de las que escucho cuando salgo a correr por la calle. Alguna con una base de percusión. Algo que me retumbe en el estómago y que se superponga a la voz de la dichosa sirena que quiere devorarme como si yo también fuera otro de esos monstruos del mar.

viernes, 10 de enero de 2020

La mujer incompleta. Un cadáver en una caja de zapatos

Se me ha muerto el amor esta semana.
Ahora no sé qué hacer con su cadáver pequeñito.
Llevaba tiempo enfermo y estaba consumido, ya no ocupaba demasiado espacio. Era todo ojos y miradas desesperadas.
Mi madre me hubiera dicho que mi amor moribundo se parecía a un saltón del jamón.
De niña me reía cuando me hablaba de aquel vecino enjuto y huesudo que bajaba siempre a les 15.35 h en el ascensor y volvía a subir a su piso de la tercera planta a las 14.05 h. Exactamente. Cada día. Puntualidad de alcohólico que acudía a su cita con el fondo de una copa de tulipa y que al subir dejaba un olor amaderado y dulzón en el ambiente del cubículo. Era olor a coñac. Mi madre me decía que ese hombre parecía un saltón del tocino. Todo ojos y pliegues en la ropa que no rellenaba
Siempre me los he imaginado, sin haberlos visto jamás a través del aumento de una lente, como un ser gelatinoso de barbilla estrecha, nariz roma y ojos enormes de mirada desencajada.
Mi amor moribundo parecía un saltón del tocino, que no es más que un tipo de ácaro. Y soy alérgica a los ácaros. Me provocan asfixia.
Mi amor se me ha muerto. He metido su cadáver en una caja de zapatos con cuatro o cinco sobres con el remite escrito con tinta azul en el fondo. Palabras mudas, plegadas sobre sí mismas y selladas con pega y saliva como lecho de muerte. Secretos que van a descomponerse y dejar de tener importancia junto a aquel a quien le fueron negados.
También palabras amantes que van a arder junto al que fue amado.
En vida me pidió alguna vez no ser enterrado si moría y menos si moría joven. Le daba pena la oscuridad y miedo convertirse en un fantasma atrapado dentro de mi pecho negro.
Quería arder en una pira como un viejo héroe vikingo y que el aire se llevara volando sus restos.
He mirado a mi amor muerto en la caja de cartón y he pensado en aquella gata que me amaba más que a ningún otro miembro de la familia y que siempre dormía a los pies de mi cama. También se me murió la gata. Y también la metimos en una caja de cartón. Pero no la quemamos. Mi padre la enterró en la tierra del Parque Güell. Me pareció bien y por aquel entonces no estaba concurrido por hordas de turistas que ven el parque a través de las pantallas de sus móviles. Con el tiempo a mi madre se le escapó la verdad. No la enterraron, la tiraron al contenedor de basuras que teníamos justo en frente de casa. Sentí un dolor extraño en la boca del estómago ese día. Se me juntó la mentira, con mi credulidad en peligro, con la tristeza que me dio imaginarme la gata triturada entre desechos.
¿Qué hago ahora con el cadáver de mi amor? Tampoco se merece acabar en la basura.
Tengo cerillas. Siempre guardo en algún cajón una caja de cerillas. A veces, cuando me siento muy mal, enciendo una, aspiro hondo el olor de la pólvora y la dejo arder hasta que me quema la punta de los dedos. Es un ritual absurdo que me ayuda a recordar que sigo viva y que conservo la capacidad de sentir, aunque sea el dolor lo que me lo recuerda.
Tengo papeles garabeteados que iba a tirar. Tengo el mar cerca.
Qué pena me dará ver arder a mi amor en su pira.


domingo, 22 de diciembre de 2019

La mujer incompleta. Mi cuerpo es un campo de batalla

Mi cuerpo es un campo de batalla. Mi cuerpo es un páramo que recorrer sin cantimplora ni ropa adecuada. Mi cuerpo es un lago que atravesar a nado con un cuchillo entre los labios por si acaso aparece un cocodrilo con hambre atrasada. Hambre de reptil que solo come de vez en cuando.
Comer carne podrida, carne ablandada por el agua y la muerte. Carne que apesta pero que nutre igual. Mi corazón aún late. Mi corazón no me deja desaparecer. El tic tac de mi cuerpo mantendrá alejado al cocodrilo. Aún hay demasiada vida en mí. Demasiada espera antes del mordisco. Me dejará morirme un poco más. Me dejará perder aún más. Quedarme en cueros y agotada, tumbada sobre el agua antes de hundirme. Aprendiéndome el cielo antes de contemplar las profundidades de ese río oscuro en el que vive el cocodrilo hambriento.
Me canso. Tengo ganas de dejarme ir. Aunque no sé cómo se hace eso. No sé cómo se desaparece a pesar de estar borrándome. Me difumino. He perdido ya los límites de mi cuerpo. Mi cuerpo como una sábana extendida sobre la que poder tumbarse y descansar. Mi cuerpo como manta envolvente que calienta pieles heladas de reptil o de náufrago perdido.
Huiría a través de ese lago. Atravesaría mi cuerpo desierto para aparecer en otro lugar. Pero no sé cómo se hace eso.
Qué pena. Qué pena mi verdad, qué pena mi mentira, qué pena el nosotros perdido en la batalla, qué pena el tú escondido en la trinchera de mis muslos, qué pena mi cuerpo vacío de fututro, mi vientre hueco, mi sexo húmedo de deseo.
Qué pena el cocodrilo que puede morirse de hambre si mi corazón no se para.

sábado, 7 de diciembre de 2019

La mujer incompleta. Diario de una noche sin mí

Allá vas, la noche empieza ahora, justo cuando sales a la calle. Se abre para ti. Cena y fiesta. Comer, beber y dejarse llevar por la música, la euforia, el instinto. 
Yo estoy en la cama al lado de una niña que respira de manera rasposa porque no acaba de deshacerse de los mocos. Sonidos nocturnos: el ordenador, la respiración, la música a través de los cascos, solo uno, para escuchar a la primera si mi niña hace algún ruido raro. Cuido cuando necesito que me cuiden.
Tú sonríes, saludas, abrazas, besas. Luego llegan las conversaciones, las risas, las miradas cómplices, las palmadas en la espalda de tus amigos. Quizá te pregunten en broma donde te has dejado a la señora, o quizá esa etapa ya pasó y prefieren no mencionarme porque saben que no debo planear como un fantasma sobre tu cabeza esta noche. Supongo que alguno de ellos está esperando que me evapore del todo y te deje libre. 
Esta noche eres libre y soplan los vientos que se te colarán por entre las mangas de la chaqueta. Y les dejarás entrar y permitirás que te arremolinen por dentro  y te ericen el vello de la nuca. Tu nuca. 
Me muerdo una uña, hago desaparecer entre mis dientes todo ese filo blanco que tanto envidio en otras manos. Me hago un poco de daño porque con el último tirón me llevo un trocito de piel. Me sangra un lateral, me chupo la sangre y recuerdo cuando de niña me encantaba lamer y chuparme las heridas porque me gustaba el sabor a hierro. Ahora es la niña la que disfruta con el sabor de la sangre. Me asusta que me lo diga, no quiero que se parezca a mí. Hoy lo quiero más que nunca. ¿Qué hago pensando en tu noche sin mí? Qué tontería. Ya sabía que tus noches serán sin mí. Siempre lo supe. 
Te ríes, enseñas tus colmillos de lobo bueno y das otro trago a la cerveza. Pides otra más y otra. Ya has bloqueado las señales, ya no te llegan mis ondas cerebrales. Tus colmillos necesitan acción. Tus colmillos quieren descubrir cómo será clavarse en otra carne, una carne fresca con olor a flores y a mar, que no tenga un gusto amargo, como de tabaco o café. Tus colmillos se lo merecen. Se merecen morder a placer. 
12.25: “Me voy a dormir. Disfruta de la noche. Un beso”. Gris. 
Gris.
Gris.
Me vuelvo gris por dentro, del gris claro del cemento. Luego me duermo. Pero tú sigues despierto. Viviendo mientras yo muero un poco más. 
Vuelas. Yo me repliego en mi jaula.
Acabas de cenar. Empieza el momento de agarrar vasos y botellas y charlar y seguir con las risas. Cuerpos de pie que se buscan. En la noche las órbitas de los cuerpos se entrecruzan. Siguen las líneas invisibles de la música. Te ven bien, te lo dicen. Estás guapo y te brillan los ojos. No dices que la tirita que te cubrió aquel arañazo se te está despegando. No se ve, la llevas bajo el jersey, justo sobre el pezón izquierdo. No aguantará una ducha más. Le habías cogido cariño y te dejará un rectángulo blanquecino de recuerdo que durará unos días. 
01.32 h. “Buenas noches. Descansa, guapa. Un beso”.
Azul.
Azul.
Intento dormir de nuevo. Pero no puedo. Sigues riendo. Quizá ya han empezado los cuerpos a bailar. Me duele la cabeza. ¿Qué locura es esta? Duerme. Mañana será otro día. Estoy sola. Todos estamos solos. Ya lo sabía. Echo de menos un puñetero dibujo en forma de corazón. Tú coges una cintura, es estrecha y notas la carne firme. Te preguntas cómo será de cerca. Te preguntas si te alcanzará la seguridad a otros cuerpos. Sientes que sí y tienes necesidad de comprobar hasta dónde llega tu cura. El instinto y el placer te vuelven las yemas de los dedos bujías que provocan chispas.
Quizá esperas un silencio para llenarlo con besos. Verás que no hacía falta planear las palabras cuando son los cuerpos los que quieren hablar.
Estarás despierto, revuelto entre sábanas, descubriendo nuevos sabores. Yo duermo, tengo dos pesadillas. Dos. Una sobre cómo la sinceridad te deja en un desnudo ridículo, otra sobre el dichoso satisfyer. En la primera, una chica muestra impúdica su interior temblando de miedo y emoción ante un auditorio. Es una performance de esas en las que interviene el cuerpo. La chica se mueve sobre el escenario mientras un hombre con barba larga cana toca un piano. Ella se retuerce y estira, se encoge y abre, ríe y llora a la vez. Sin embargo, cuando mira al público al acabar, expectante de su reacción, ansiosa de recibir comprensión, se da cuenta de que se ha ido todo el mundo. Siento lo que ella siente. En la segunda pesadilla, me encuentro en la calle un vibrador de nueva generación perdido y brillante. Fucsia y blanco, precioso. Corro a casa a probarlo, me bajo las bragas y colocó el círculo sobre el clítoris, pero no me produce el placer esperado. No es para tanto y me despierto pensando en ti.
06.50 h. Una storie en Instagram. Al final la noche ha sido larga. La has vivido hasta el final. Tú sueñas, yo me despierto.
Tengo que despertar ya de este sueño.

sábado, 16 de noviembre de 2019

La mujer incompleta. Guijarros

Hoy me da igual todo.
Hace sol y frío.
He sonreído al hombre joven que conducía el autobús y se me ha abierto una grieta en los labios.
Me resulta rara la ausencia de humedad en esta ciudad de mar. Me extraña mi pelo eléctrico y lacio. Me extraña que se me quede el flequillo quieto sin que me aparezcan esas ondas que me hacen parecer descuidada y loca. Una loca descuidada. Una loca que se empeña en taparse la frente a pesar de tener tres remolinos en el nacimiento del pelo. Mi pelo rebelde. Más rebelde que yo.
La niña obediente, la mujer cobarde, la mujer que se queda quieta y espera a que sean las cosas las que pasen. La mujer que no sucede. Sujeto paciente atrapado en una oración pasiva.
Pero hoy me da igual todo.
Hoy no me importa que nadie me mire a la cara. Es una lástima porque hoy tiengo el flequillo perfecto. Recto, liso, lacio.
Sin volumen, ni rebeldía. Hoy me da igual incluso que los remolino de mi pelo estén inactivos y sin fuerza para despeinarme.
Lo más rebelde que tengo. Lo único que tengo que a veces flota, cuando hace viento o cuando me sumerjo en el mar. En el mar flota mi pelo, como mi cuerpo pequeño. Flota, ingrávido. Y entonces es el mar el que pasa, el mar el que me lleva y me deja en la orilla. A veces me quedo muy quieta esperando a que el mar me absorba o me arrastre hacia su interior, pero nunca lo hace. Este Mediterráneo es demasiado manso. Y me devuelve a la orilla como uno de esos guijarros desgastados.
A veces los recojo y me percato de que son trozos pulidos de losetas viejas. Azulejos que en algún momento estuvieron en las paredes de una cocina o un baño. Azulejos que se mancharon con la grasa de mil cenas o se humedecieron con el vaho de duchas calientes, duchas solitarias o compartidas. Azulejos sobre los que se imprimieron las huellas de manos que se apoyaron para evitar la caída del cuerpo que se secaba o para soportar el empuje del placer contra su superficie fría.
Guijarros entre mis dedos.
Pasado desgastado.
Futuro que depende de las olas.

lunes, 28 de octubre de 2019

La mujer incompleta. Niebla

Niebla: 
1. f. Nube muy baja, que dificulta la visión según la concentración de las gotas que  la forman. 
U. t. en sent. fig. ¿Qué fatídica niebla vela su memoria?

Ya no soy un organismo único y unitario. El tiempo ha empezado a hacer su trabajo conmigo.
El tiempo es inclemente. Es la única verdad que tenemos. El único camino que no podemos dejar de recorrer.
A veces pienso que el tiempo nos recorre a nostros en realidad. O nos atraviesa.
El tiempo como una flecha, como una lanza, o como una bala de cañón. El tiempo que a cada paso que avanza se hace más mortífero, más preciso, más despiadado.
El tiempo como agujero que se nos abre desde el centro del pecho y nos crea márgenes desde las que asomarnos a una vacío inmenso.
El tiempo y tú.
Tú como antídoto al veneno que me apaga los ojos.
Tú como placebo que calma mi angustia.
Tú como resta.
El calendario como multiplicación.
Mis días cuelgan como hilos de pescar de los que penden esperanzas secándose al sol. Mis esperanzas resecas, mis labios que piden sal.
La sal que se cristalizaba en verano en esa zona secreta de tu cuello que queda detrás del lóbulo de tu oreja. Mi lengua que querría cortarse con esos cristales.
Tu cuerpo como un conjunto de mil gotas.
Tu cuerpo como una niebla que no puedo apresar aunque lo desee, aunque lo quiera.
Tu cuerpo que también me atraviesa como el tiempo. Y me entra por los poros como una especie de veneno gaseoso que me llega al torrente sangíneo y directamente alcanza mi corazón. Un corazón envenenado por tu cuerpo en estado gaseoso.
Y es entonces cuando los dos sois lo mismo. Tú y el tiempo. Tú y mis bordes. Tú y mi nada. Y me quedo sin límites y me convierto en una especie de universo o galaxia que te arrastra y te lleva a otro lugar que tampoco vas a poder habitar porque no existe.
Mi vida de este lado se ha quedado en un herida de bordes sanguinolentos. Mi vida de este lado es carne reventada y me escuecen las lindes que están en contacto con la niebla.
Parece imposible que mi vida de este lado pueda aprehender lo inconsistente. Lo que no existe como miembro amputado. Tú como brazo que falta, como pie, como pierna, como dedo en mi boca. Tú como parte de mí que nunca fue y aún así duele. ¿Cómo puede ser que me duelas cuando faltas si nunca te he tenido?

Veo el futuro. Tengo la capacidad de adivinar dónde estaremos dentro de un tiempo. Pero soy muy mala pitonisa. Veo el futuro, pero no sé exactamente cuándo va a suceder lo que sé que va a suceder.
Puedo ver imágenes. Puedo ver cómo intentarás disimular lo que realmente sientes o quieres.
¿Qué sientes o quieres?
No sueles decírmelo. No te sientes libre.
Me da pena saber que tenemos un final marcado. Todas la relaciones tienen un final. Lo sé. Algunas simplemente alargan la agonía hasta el extremo. Relación cerrada por defunción.
Sin embargo, a nosotros eso no va a pasarnos.
Quizá sea una buena noticia y así nos evitemos ser testigos de las excrecencias que deformarán la trémula superficie de nuestros cuerpos.




lunes, 7 de octubre de 2019

La mujer incompleta. Lagunas y pozos

Mi abuela se ha roto el fémur. Tú me romperás el corazón.
Mi abuela ha roto una foto antigua de mi abuelo. Me enteré ayer. Nadie me lo dijo. Ninguna de las mujeres de la familia me lo ha contado hasta hoy.
El vínculo también roto.
Era una foto en blanco y negro. Una ampliación sacada de una fotografia pequeña y arrugada que estaba guardada entre las páginas de algún libro coleccionable de los que siempre han estado en el mueble de pino de mi abuela. Llevo casi cuarenta años compartiendo existencia con ese mismo mueble. Todo ha cambiado alrededor de mi abuela y de mí misma menos ese mueble. El mueble y una figura de porcelana de un perro de orejas gachas con ojos negros pintados como pequeños pozos. Sus ojos son los únicos que están intactos. Los de mi abuela están nublados y los míos parecen siempre cansados.
Fractura de la cabeza de fémur el día de su noventa cumpleaños. Quizá intuía que esa iba a ser la única manera de ver a todos sus hijos y nietos a la vez. Quizá no le falte razón. En el hospital aún parece más pequeña. Una mujer de menos de metro cincuenta perdida en una camilla. Nos dice que está contenta de tenernos a todos a su lado. Me siento miserable porque hacía mucho que no la veía. Le preguntó si ha podido dormir algo, pero no me oye.
Está lejos.
Estás lejos.
Estoy sola.
Me da pena que haya roto la foto de mi abuelo. La tenía en su habitación, sobre una cómoda, en un marco dorado. Mi abuelo joven y miope, con su bigote y sus ojos tristes y esa onda en el pelo que le daba un aire a Omar Sharif. Ojos negros, almendrados, labios gruesos, piel aceitunada. Belleza que fue una herencia maldita de otra raza. La ha hecho trizas porque no le contestaba. Mi abuela intentaba hablar con mi abuelo, pero como no le ha hecho caso se ha cansado y se ha deshecho de la imagen. Mi abuelo murió hace diez años y a mi abuela se le ha empezado a olvidar ahora que nunca habló mucho.
Tiene lagunas, me dice mi madre, y yo me la imagino como una Ofelia vieja con su corona de flores marchitas y sus pedazo de papel mojado flotando sobre agua negra.
Pero ya no flota.
Sólo le queda hundirse en ese pozo de noche en el que se baña la luna.
Qué lástima no haberle hecho una foto a la foto. Irrealidad al cuadrado.
Tú sí flotas.
Flotas sobre esta especie de nada acolchada en la que nos miramos.
Somos casi mentira. Tú y yo. Secreto.
Y me muerdo los labios porque no quiero gritar que la verdad se me ha empapado de asombro y se está hundiendo del peso. Pero tu flotas y me agarras de las manos y me mantienes así, ingrávida en una atmósfera de susurros y suspiros.
Vuelo. Miro abajo y veo la verdad al fondo y el agua pasándole por encima, intentando pulirle las esquinas.
Te quieros pequeños, minúsculos, colándose por las orejas y cayendo a plomo en el pecho. Mi padre usaba plomos para hundir los cebos en el mar. Y yo lloraba cuando sacaba peces y los dejaba morir boqueando en un cubo.
No quiero que me saques del agua. Deja que me tumbe de espaldas y vaya a la deriva por esta laguna sin memoria.
Mi abuela también le habla a una foto de ella de joven. Tampoco lo sabía.
Me dice desde la camilla que esa chica se ha quedado sola en casa. Ves y hazle una visita, se ha quedado tan sola. No habla mucho, pero sonríe con esa boquita bonita que tiene. Qué pena lo joven que era. Ves y háblale. Da igual si no contesta. Mírale el pelo, tan negro y bonito. Qué bonito tenía el pelo. Cuando me metía en el mar parecía la melena de una sirena. Ahora está reseco. La chica está sola. Qué pena. Ves y háblale, da igual si no contesta.
Ven y háblame.
Qué importa que mi boca sólo tenga besos como respuesta.


domingo, 1 de septiembre de 2019

La mujer incompleta. Aire

Hace ya mucho tiempo un médico me dijo refiriéndose a mi manera de respirar que sin aire no puede arder ningún fuego. Tienes que respirar bien, más, mira, así, y me hizo una demostración de cómo se respira bien, inflando mucho el torso, ante mis ojos atónitos. Mal del todo no lo haré porque sigo viva, pensé mientras el doctor presumía de capacidad pulmonar. Después de varios decenios sin lograr depurar la técnica sigo viviendo apenas sin aire.
Sin aire no hay incendio. Me encantó la idea. La hice mía. Eso sí, desde aquel día, cada vez que respiro hondo, alguna vez lo hago, temo que mi cuerpo desprevenido arda por combustión espontánea.
El médico me trataba por un dolor de espalda terrible a los dieciocho años. Cuando me vio, en bikini como mandaban las normas, entre tanto jubilado renqueante y medio desnudo, se me acercó y me preguntó qué narices hacia allí. Cuando comprobó mi historial médico me auguró un futuro de dolores irremediables. Acertó, pero aunque no respire mucho sigo siendo humana y como todos los demás seres de mi especie, un mamífero con una asombrosa capacidad adaptativa y también me he acostumbrado a ellos. Es tan fácil acostumbrarse a las cosas. También a las malas. Y como seas una persona de costumbres, incluso las necesitarás para sentir que todo está orden. Eso siento cuando miro alrededor, que puedo respirar tranquila porque toda la mierda sigue en el mismo sitio. Después suspiro. Siempre se me ha dado mejor exhalar que inhalar.
Dolores de espalda. Siempre me duele. Creo que no he juntado más de dos o tres días sin notármela. La recuperación que hice con el médico del aire no me arregló nada. Me sirvió para darme cuenta de dos cosas: que la tensión me hace esconder la cabeza entre los hombros como si fuera una tortuga, provocándome contracturas en las cervicales, y que era cierto eso de que respiro de manera muy superficial. Lo justo para no ponerme azul y desmayarme y montar un número. Siempre he sido discreta.
Una vez, un naturópata que había escrito un libro que se estaba vendiendo como rosquillas y se encontraba de promoción en Barcelona me dijo, tras enterarse de que era asmática, que mi problema se debía a tener una madre controladora y asfixiante. No me conocía de nada el señor, tampoco a mi madre, aunque me hizo preguntarme si no se habrían criado juntos. Sonreí e intenté tomar aire, pero no me pasaba del principio del esternón.
Mi madre me miraba con la cara desencajada cada vez que me daba un ataque de asma cuando era niña. Normalmente tenía preparado el ventolín, el vicks vaporub, un cazo de agua hirviendo en el que flotaban a la deriva varias hojas con forma de sable del enorme eucaliptus de la plazoleta del Paque Güell a la que íbamos a patinar entonces, cuando no había turistas, ni cobraban entrada y en la plaza de los asientos de mosaico alquilaban bicicletas medio oxidadas por pocas pesetas. También me daba una toalla grande para cubrirme la cabeza sobre el cazo humeante. Odiaba hacer vapores. Me escocían los ojos y me parecía la cosa más aburrida del mundo. Si sumo los minutos de los diferentes episodios de asma de mi infancia puede que me haya pasado días enteros de mi vida bajo una toalla.
Abría mucho la boca y aspiraba el aire que me quemaba la garganta. Por la nariz no respiro bien. Debía de parecer un pez fuera del agua, boqueando, con el flequillo chorreando gotas de sudor en ese agua hirviendo.
Una vez tuve un pez rojo en una pecera. Debería haber vivido en un acuario de agua templada, porque el animal era tropical, pero con el sueldo de dependienta a pocas horas semanales no me daba para mucho caprichos y dejé al pobre bicho en manos del azar. El de la tienda me dijo: en verano te aguantará en una pecera, pero si en invierno no lo pasas a un acuario se te morirá. Siempre me alucina el uso de los pronombres cuando nos referimos a cosas que pueden afectarnos. Se me morirá a mí, como si yo fuera su dios creador y algo no saliera bien con mi criatura. A mí no se me iba a morir el pez, era el puñetero pez el que se iba a morir a sí mismo, si esto pudiera decirse así. El pobre y hermoso luchador de Siam, así se llama la raza del pez rojo, vivió un estupendo verano en la pecera en la que puse unas plantas acuáticas cuyas raíces le servían de parque temático. Eran jacintos de agua. Un luchador entre jacintos. Me parecía algo hermoso y lo miraba embobada nadar de forma sinuosa y ondulante entre las hebras vegetales que colgaban en el agua. Llegó el invierno pero seguía tiesa, así que el pez continuó en la pecera con agua de grifo. Quizá fuera de botella y ahora esté añadiendo detalles inculpatorios a mis remordimientos, pero la cosa es que mi luchador hizo honor a su nombre y siguió viviendo. Vivió ese invierno y el siguiente y el otro y así hasta cuatro. O cinco. No lo recuerdo con exactitud. Hasta la primavera en la que se volvió azul. No eligió el invierno para morir, sino el principio del verano. Cuando empezó la luz él se apagó. Su rojo intenso, como de carmín de Yves Saint Laurent, se tornó en un azul apagado, parecía un dibujo del Picasso más triste y frío. Dejó de pedirme comida cuando me aproximaba a la pecera y se pasaba las horas escondido entre los jacintos o posado en el fondo. Sus hermosas aletas perdieron volumen, se empezaron a quebrar como una tela mucho tiempo expuesta a la imtemperie. Se le conviertieron en jirones. Me daba mucha pena verlo así. Me madre me dijo un día que se me estaba muriendo el pez. Otra vez con los pronombres. No, el pez se estaba muriendo solo, a sí mismo. Se estaba perdiendo a sí mismo. Y yo solo era una espectadora apenada de su marcha paulatina. Un día lo encontré como hacía días que esperaba encontrármelo por la mañana, flotando panza arriba. Me puse a llorar como una idiota. El pez ya habiá muerto, ya no estaba, pero me había dejado flotando en el agua sucia una pena pequeña, viscosa, translúcida y algo pegajosa que se me enganchó al pecho. Cuando tomaba aire con un poco más de empeño de lo habitual me apretaba por dentro y me llenaba la nariz de ese olor a pecera muerta. Y lloraba. Y mi abuela me echaba una bronca tremenda y me decía que seguro que cuando ella se muriera no iba a llorar tanto como por esa mierda de sardina. Aún no se ha muerto, así que aún no puedo darle o quitarle la razón, pero ahora es ella la que está perdiendo su color y se está tornando azul. No me gusta el azul. A la gente le encanta el azul. Es mi color preferido, me dicen muchos. Parece el color preferido de mucha gente. Y es una mierda de color. Es el color de la pena. La gente no lo sabe y se recubre de pena. Camisas de pena, faldas apenadas, vestido tristes. Solo es bonito en el mar, con esa pelea que emprende con el verde. A ver quién gana, el azul o el verde y se mezclan en el turquesa que no es más que el resultado de esa batalla eterna. Y es hermoso ese color que surge de una guerra entre el color de la profundidad y el color de las orillas de arena. El turquesa sí me gusta. Lo llamo verde turquesa.
Este verano me he bañado mucho en el mar turquesa. Y me he sentido un poco azul. Y roja. Y he vuelto a sentir que me faltaba el aire, como cuando me tiro a una zona profunda del mar y me hundo más de lo esperado y siento que no subo lo suficientemente rápido y muevo los brazos con fuerza y estiro el cuello y pienso no ahora, no respires aún, aguanta, ya estás cerca de la superficie. Y saco la cabeza del agua, como cuando la saqué de entre las piernas de mi madre y boqueo como un pez. Ahí sí me entra mucho aire en los pulmones, que parecen llenarse del todo de aire. Sigo viva, pienso. Estoy llena de aire y no ardo porque estoy sumergida en el mar, pero me quema por dentro ese fuego. Me gusta esa sensación. Este verano me he lanzado al mar desde cada saliente, risco, orilla que he visto. Este verano me he llenado de aire y he ardido por dentro.







jueves, 15 de agosto de 2019

La mujer incompleta. Sin sentido

Absurdo. Palabra más usada de las últimas semanas. También en su variante femenina. Absurda.

Absurdo,da. Contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido.
Extravagante, irregular.
Chocante, contradictorio.
Dicho o hecho irracional, arbitrario o disparatado.

Absurda la razón.
Absurdo lo que pienso. Más lo que no pienso.
Absurda yo. Absurda la mujer detrás de las fotografías, detrás de las palabras, detrás de los años.
Absurdo el corazón que me late a destiempo.
Absurda la sonrisa que me nace de las inglés.
Absurdo el brillo de mi pelo después de más de cuarenta veranos de mar y sal.
Absurda la luz de la pantalla en la madrugada sofocante de agosto.
Absurdo el mes de agosto con ese aire de desierto, de limbo, de oasis, de mentira o ilusión óptica.
Absurda mi piel oscura de verano que se ha empeñado en aprender un nuevo idioma.
Absurdo el sol que ilumina hasta cegar los ojos de los que quieren mirar.
Absurda mi manía de morderme las uñas a estas alturas, como una cría nerviosa que quiere hacerse desaparecer y empieza por borrarse la punta de los dedos.
Absurdos mis dedos que todo lo quieren tocar. Absurdo el final de mi cuerpo que acaba en diez escuálidos egoístas.
Absurda mi necesidad de movimiento. Sé que si me quedo quieta necesitaré de un niño que me busque un nombre nuevo o desapareceré. Pero el mío me gusta, con su ausencia de aes. Un nombre de mujer sin la letra A. Me gusta esa originalidad pasada de moda.
Absurdo mi nombre antiguo, absurdo el deseo de mi madre.
Absurda la aversión de mi madre a la risa.
Absurdo que tengamos que tener un nombre y no seamos tan solo él o ella, yo o tú.
Absurdas las identidades.
Absurdo el paso del tiempo. Aunque el tiempo sea la medida de todas las cosas.
Absurdas las ganas que me han mantenido a flote en esta deriva de sal y mar.
Absurdo que al deseo no lo llamemos vida.
Absurdas las noches en vela mirando por la ventana las luces apagadas de una feria de atracciones baratas, con dibujos feos que casi se parecen a los originales que imitan.
Absurdo el silencio.
Absurdas las palabras sin voz.
Absurdos mis esfuerzos por tener sentido.
Absurda esta manera que tengo de querer de lejos.
Absurdo el olor a lavanda que sale de los cajones.
Absurda la pena de hoy.
Absurdo lo que escribo, quizá porque me duele la cabeza casi tanto como las certezas.
Absurda esta obligación impuesta de querer las cosas ciertas.









martes, 6 de agosto de 2019

Un hombre sin interés

I. El Gólem.

Rafael no existió hasta los 65 años. Fue el día en que quiso empezar con los trámites para cobrar su recién estrenada jubilación cuando todo el mundo se dio cuenta de que no existía. Él ya lo sabía. Llevaba toda su vida intentando no ser y lo había conseguido. Pero había llegado el momento de demostrar que realmente sí era alguien para poder cobrar los cuatro duros de la pensión que iba a permitir que siguiera procurando no ser nadie.

No había sido fácil llegar hasta esa edad pasando de puntillas por encima de cada valle o pico escarpado que había atravesado hasta llegar a poder sentarse plácidamente en un sofá orejero de pana verde botella que había rescatado del vertedero uno de esos días en los que algún vecino había decidido desprenderse de los muebles de una abuela recientemente fallecida. Siempre había creído que el gusto de las abuelas era despreciado con un automatismo irreflexivo por los que decían echarlas tanto de menos tras vaciar el piso y vender incluso las fotos antiguas en algún puesto de los Encantes. También las fotos de la boda de la abuela en las que, joven y con sombrero, sonríe a la incertidumbre de su futuro.
A él siempre le habían encantado las flores enormes de colores terrosos estampadas en las telas de los sofás o butacas. Y la pana y todos los tejidos que daban tantísimo calor en verano. Le recordaban a su propia abuela y él estaba vivo gracias a que ella decidió no tirarlo a un vertedero para que muriera en horas, desnudo y con el cordón umbilical aún colgando del torso abombado y amoratado de su cuerpo de recién nacido. O, quizá en su caso, sería mejor decir de recién expulsado de un cuerpo al mundo. No le importaba que su mujer no soportara esos estampados ni esos tejidos, el que traía el sueldo a casa era él y el dinero se gastaba en lo que él decía. Aunque tampoco había mucho que gastar. Su sueldo era más bien magro y con cuatro hijos no tenían para casi nada.

En el almacén de metales en el que trabajaba no le pagaban bien, pero al menos le pagaban. Y era el encargado. Y a él le gustaba mandar. Aunque fuera un poquito y a unos poquitos. A esos hombres rudos que no sabían apenas leer y que no se habían dado cuenta de que no existía. Menos mal. Si se hubieran dado cuenta de su inexistencia habrían empezado a no obedecerle y eso habría supuesto un caos. Esa nave fría de Pueblo Nuevo era como una madriguera llena de lobos y él era el más grande y el más inteligente, un animal casi mítico, porque su inexistencia lo acercaba a criaturas como el Yeti o el monstruo del Lago Ness. De ese tipo de autoridad gozaba. Aún se preguntaba cómo le permitieron firmar un contrato indefinido sin aportar ningún tipo de documentación. Cosas de aquella época en que la televisión era en blanco y negro y mandaban los vencedores con ese tipo de poder autoritario y paternalista que hace que el pueblo, tratado como un niño al que controlar, haga lo que hacen los niños cuando dejan de serlo ante los ojos incrédulos de unos padres que niegan la evidencia y que aprietan el lanzo tanto como pueden: mentir y trapichear a escondidas, disimulando y poniendo cara de buenos.

Pero él no creía en nadie. No debía obediencia a nadie salvo a sí mismo. Hacía años que había renunciado a crecer bajo el mandato de una autoridad o un modelo a seguir. Con apenas diecisiete años huyó sin mirar atrás y desde ese mismo instante tuvo a bien sobrevivir sin más, sin preguntarse ni una vez qué sería de aquellos que le dieron un nombre, una educación y poco más. Quizá en realidad le regalaron un tesoro: al ponerle un nombre le ofrecieron una existencia y él era libre de hacer con ella lo que le viniera en gana. Pero sabía que el nombre era cedido, ni siquiera era el nombre que le pertenecía por derecho, ese se lo negaron. Era un nombre vergonzante, y le pusieron otro que escondía la vergüenza a ojos de los desconocidos, de los más desconocidos, porque los que eran cercanos a él sabían que su nombre era en realidad de otro y no le pertenecía. Le quitaron todo lo que le pertenecía. Todo. Incluso la identidad. Que nadie sepa que eres hijo de quien eres, que nadie sepa que tienes madre. Mejor que piensen que has salido de la tierra del huerto en el que su abuela hacía plantar lechugas y tomates porque decía necesitar para ser feliz el olor a tomate recién arrancado de la mata. Sí, mejor ser el hombre que nació en un bancal, hombre de barro, como un Adán, o quizás sería mejor decir un Gólem, porque su dios creador se horrorizó ante la idea de haber dado vida a esa criatura. Un monstruo. Un ser inadecuado. 

El niño Gólem creció deformándose. El barro del que estaba hecho se resquebrajaba a medida que crecía. No soportaba la forma adulta. El barro es maleable, como la infancia, pero en cuanto la conciencia se endurece, se hace grande y no puede disimular aquello que sabe, el barro empieza a resquebrajarse y cede a las presiones que los recuerdos ejercen desde dentro. La amalgama de fango empieza a desmoronarse como una montaña que no ha soportado la lluvia torrencial.

Rafael era ese Gólem deforme al que no se le había borrado la primera letra de la frente de milagro. De muchos milagros. Y ese Gólem era mi abuelo.



martes, 16 de julio de 2019

La mujer incompleta. Un verano III. Contacto interrumpido

La batería empieza a fallar y parece que quiere burlarse de mí porque siempre decide agotarse justo cuando me estoy comunicando con alguien. Y no suelo comunicarme con nadie. Me cuesta mantener el contacto, soy una mujer de paso, o tal vez sean los demás los que están de paso para mí. Nunca estoy segura de estar dentro del vagón. A veces sospecho que estoy fuera, entre los árboles que se difuminan al paso rápido del tren.
Necesitaba una cerveza fría. He huido de las terrazas llenas de turistas quemados por el sol que comen paellas de pena acompañadas de jarras de sangría con pajita en medio de Las Ramblas. Hacía mucho tiempo que no entraba en esa cafetería emblemática de Barcelona. Cuando la conocí estaba llena de señores y señoras mayores del barrio que observaban sin prisas como se les enfríaba el café con leche en esas tazas blancas sin ningún logo ni adorno. En este tiempo esos señores y señoras se deben de haber muerto y en su lugar hay un par de amigos muy rubios y pálidos tomando sendas jarras de cerveza, una pareja de japoneses comiendo churros con chocolate a pleno mediodía de julio, un viejo enjuto con aspecto de convivir a duras penas con un alcoholismo casi igual de viejo que él y una legión de camareros que aprovechan que a esa hora no está tan lleno el local para charlar y quejarse de cualquier cosa.
La última vez que estuve allí fue en un acto que organicé con motivo de la publicación del último libro de algún autor más o menos importante. No recuerdo el libro, pero si fue allí seguramente sería un libro que trataba sobre la música, o sobre la ópera, o sobre Barcelona, o sobre el barrio gótico, o sobre cualquier cosa que pudiera ligar de manera más o menos natural con ese café histórico de la ciudad.

Me senté al lado de un hombre que estaba dibujando con acuarela negra el perfil de una mujer. Era muy minimalista, me recordó a los trazos de una pintora judia, Charlotte Salomon. Pero si ella empleaba el color de manera expresiva, este pintor utilizaba su ausencia con el mismo objetivo. Saqué una hoja y me puse a escribir. Notas sobre lo que me había provocado ese estado de aislamiento mental.
Una mujer pasa por delante de mi mesa. Es imposible no mirarla. Es muy negra, rotunda, muy femenina y bella. Lleva un vestido que combina tonos imposibles de verde y turquesa que chirrían con el gris de la ciudad de fondo. Y remata el conjunto una pamela roja con una lazada rosa. Toda ella resulta un despropósito que me parece maravilloso. Envidio esa despreocupación total por el aspecto. Yo no logro mostrarme sin sentirme a salvo tras un disfraz más o menos estudiado antes de salir por la puerta de casa. El exterior como carcasa acorazada, como un exoesqueleto que protege mi interior gelatinoso.
Las palabras de otro siguen colgadas en un espacio al que no puedo acceder. Tardaré horas en poder cargar el móvil. Cuando conteste mi mensaje llegará a destiempo y no tendrá sentido porque el momento habrá pasado para ambos, pero intentaré recuperarlo, como siempre hago aunque sepa que el mero hecho de intentarlo es un contrasentido.

El pintor me lleva mirando un rato. Creo que me está dibujando mientras escribo en un par de folios sueltos que encontré en la bolsa que cargo, se me ha olvidado la libreta. No sé si me halaga o me inquieta. Es un hombre pequeño, algo contrahecho, con un ojo un poco torcido y tiene mucho pelo gris cortado a la taza. Estaba alternando el dibujo con la lectura de un libro de Calders. Sé que me dirá algo. Lo hace. Me pregunta si soy escritora. Aguanto el tipo y no lloro. Le contesto con evasivas y lo ofrezco una sonrisa apretada mientras en mi cabeza se pone a llover, casi noto las gotas por dentro del cráneo. Y se cruza esa tormenta con el viento que provoca el recuerdo de mi cuerpo expulsando vida. Me sorprende esa idea atravesada sobre mi vientre yermo, como diría Lorca. ¿Por qué pienso en ese hueco árido al ser preguntada por la escritura?
El hombre me habla de mi mirada concentrada frente al papel, de una manera de volcarme y derramarme que ha percibido al observarme. Y de mi manera natural de posar. Aquí le he interrumpido para decirle que no sé posar, que odio hacerlo porque odio ofrecerme y no sé ni puedo hacerlo de manera natural, que se lo habrá parecido al no ser consciente de que me estaba mirando con ojos como objetivos.
"No se trata de eso", me dice. "Eso no me importa. Lo que busco no es el artificio, sino esa manera de mostrar lo que sucede dentro. Y tú lo estabas haciendo". "Pues espero que no se haya asustado". Le he dicho. "Soy demasiado mayor para eso". Me he reído y he dejado de pensar en mi nido. De golpe pensado en el mar. ¿Por qué en el mar si estoy en pleno centro urbano, abrasada por el calor que desprende el asfalto recalentado? Tal vez por el deseo de sumergirme en el agua fría y salda y desaparecer provocando una alarma de cuatro o cinco segundos en aquellos que me miren desde una toalla. Y flotar. Sí, creo que eso es lo que más me gusta del mar, la posibilidad de levedad.
Pero, ¿por qué me pregunto el porqué? Qué más dan los porqués.
Me acabé la caña de un trago. Volví a sonreír con los labios apretados. ¿Déjame un papel y te apunto mi web para que puedas ver lo que pinto. Le alargué un papel con un informe médico en una cara. "No lo apunte ahí, tiene la parte de atrás en blanco". "La necesitarás, creo", y escribió con un lápiz de grafito duro y brillante su sitio web y un teléfono bajo el logo de un hospital privado. ¿Un teléfono? Jamás le llamaría. Jamás llamo a nadie. ¿Por qué iba a hacerlo con un desconocido? Odio hablar sin ver los ojos de la otra persona. La incertidumbre me paraliza y mi dificultad para oír me hace sentir insegura, temo parecer estúpida. "Si quieres alguna vez que te pinten, llámame. Me encantaría hacerlo". Sonrío de la misma manera; sin embargo, se me agria el esto al recordar los dibujos que una vez me hicieron. "Quiero que la protagonista de mi cómic se parezca a ti". Recuerdo esas palabras y aquellos bocetos de un personaje femenino con mi nariz aquilinay una agresividad en la mirada muy adecuada para una heroina de viñeta que provenía de mí. Aunque ese yo casi ha dejado de existir. O ya del todo. No estoy segura.
Le agradezco el ofrecimiento. Le prometo que buscaré sus pinturas y pago la caña para poder salir de allí.

Encaro la subida de las Ramblas como una especie de mal necesario. Sorteo turistas, estatuas humanas, parejas de mossos d'esquadra que procuran que la sensación de pasear por allí sea segura y algún que otro personaje de esos que han habitado el barrio desde siempre y que se resisten a desparecer por culpa de la especulación inmobiliaria y la globalización.
Llegué a casa al cabo de una hora y media. Era la hora de comer, pero no tenía nada preparado y la nevera estaba vacía. Cogí una lata de maíz y la mezclé con el contenido de una de atún. Mucho vinagre, un poco de aceite, sal y cierta tranquilidad al saber que este manjar no alteraría mucho mi peso en la báscula. Odio ese pensamiento involuntario pero reflejo. Nunca lo logré desterrar del todo. Mi cabeza siempre está en lucha contra mi cuerpo; después de más de veinte añs sigue la batalla.
Conecté el móvil al cargador y miré impaciente el aparato. Cuando apareció la manzana introduje el código y apareció la pantalla de inicio. Veinticinco whatsapp, pero sólo había cinco que me importaran. Algunos ni los leí. Los de él sí. Me hicieron sonreír. Pretendían empezar un juego de tira y afloja poco comprometedor, pero lo suficientemente atrevido como para dejarme sin el amparo de la ambigüedad. El tiempo le habrá enfriado y ahora parecería ridículo intentar coger ese cabo que se había hundido ya en el mar.
Envié una excusa y un emoticono de una mano saludando. Cambié de tema. Me eché hacia atrás en el sofá y esperé mientras me llevaba a la boca una cucharada de maíz con atún. ¿Qué estaría haciendo? ¿La siesta? ¿Un café en alguna terraza agradable? Desde que habíamos empezado a escribirnos con frecuencia me sorprendía a la mínima ocasión pensando en él. En lo que estaría haciendo, en si tendría ganas de tener noticias mías. También pensaba en lo absurda que debía de parecer desde fuera. Absurda y descerebrada. Alguno podría pensar, además, en la falta de justificación. Egoísmo, locura. Bendita locura. No sé si soy más una loca que una egoísta. Quizá una loca egoísta.
Se ilumina la pantalla. Sonrío.
No lo hagas. Calla. Silencio. Que se apague la luz. Pero no me gusta la oscuridad, así que dejo que se me ilumine la sonrisa.
Es absurdo. Pero hacía tiempo que no me pasaba nada absurdo y cada vez a la vida le cuesta más sorprenderme.
Contesto. Respuesta. A veces me recuerda a mí, a la mujer que fui hace ya tiempo. Está ocupando un sitio parecido al que yo ocupé. Fui feliz entonces. No era consciente de las implicaciones, no me pesaban. Eran ajenas. Pero, sin percatarme de cómo lo hicieron, acabaron también en mi mochila. ¿Debería advertirle?
Contesto. Sonrío. Espero una respuesta. Como un poco de atún. Siempre me acaba asqueando el atún. Tengo sed. Me bebería una cerveza, pero no hay nada en la nevera. Vuelvo a sonreír. Tengo unas absurdas ganas de verle.