miércoles, 15 de marzo de 2017

Diario de la niña de fuego. Hasta ahora, todo está bien

Creía que ya no era capaz de sentir cosas nuevas sin la ayuda de la química. Creía que ya había probado todas las montañas rusas emocionales posibles, estaba convencida de haber disfrutado de los sentimientos más sublimes y de haber disimulado los más mezquinos. Pero me equivocaba. Ayer por la tarde sentí algo inesperado. A las cuatro empezaba el examen de tercero de ESO sobre la oración simple y sobre literatura de la Edad Media para el que llevaba preparando a los chavales durante más de dos meses. Y he intentado ganármelos. He procurado acercarles a la literatura medieval aprovechando escenas de películas, les he relacionado las características de un cantar de gesta con algunas escenas de Braveheart, les he explicado lo que es una bella dama "sans merci" y luego han visto un momento de Juego de Tronos en el que Daenerys ejerce su poder sobre el traidor enamorado (y caballero y culto como un trovador) de Jorah Mormont. Y poco a poco lo he ido consiguiendo. Mi mayor logro, motivar (poco pero algo, cosa que es mucho) dos de los chicos más perdidos de la clase. Son listos, pero han decidido no hacer nada para evitar el golpe. Como en aquella película francesa protagonizada por Vincent Cassel, "El odio", están cayendo desde un piso cincuenta y mientras se acercan al asfalto van pensado "Hasta ahora, todo está bien; hasta ahora, todo está bien", pero no tienen edad suficiente para entender que lo que importa no es la caída sino el aterrizaje. Esos dos chicos habían dado muestras de estar vivos, habían levantado la mano para que les ayudara a entender por qué una escena de teatro popular en la calle de Juego de Tronos valía para su parte del trabajo sobre las maneras de transmisión de la literatura en aquella época. Incluso uno, el que parece dejar su cuerpo en el aula para disimular que en realidad no está ahí, como en las películas de fugas carcelarias en las que un reo que se va a escapar siempre tapa un par de almohadas con unas sábanas para que los carceleros piensen que está durmiendo calentito, me ha hecho cómplice al tomar la iniciativa para contarme que ya hay fecha de estreno de la séptima temporada de esa serie, que le encanta. Y yo me había creído que con eso valía, que ya los había atrapado, que lograría sacar algo de ellos en el examen que no puedo no hacerles.
Pero nada más abrir la puerta del aula les he mirado y he sabido, sin lugar a dudas, que los dos estaban fumados. Sus ojos rojos, su mirada lenta, su cuerpo sin esqueleto. Y ha sido en ese momento, nada más abrir la puerta, cuando me he sorprendido sintiendo una tristeza diferente, más física, como si mi gato me hubiera lamido el corazón. Era decepción. Y no es que no me hubieran decepcionado antes, pero hasta ahora quien me ha decepcionado ha sido alguien igual a mí, o superior en la jerarquía familiar, pero no un joven adolescente ciego que no es capaz de ver que lleva dentro de sí todas las posibilidades. Nunca había sentido ese tipo de tristeza dolorosa. Supongo que ese raspón distinto lo produce la impotencia, ya que no se trata de un fallo propio que enmendar ni de cualquier mal en mi propia piel, sino en la de un casi niño que me había parecido que percibía mis ganas de ayudar. Yo no soy su madre, y no me importa de esa manera que se fumen un porro. Sé que la vida es una repetición constante del esquema del método científico de "ensayo - error". Todos tenemos que practicar y equivocarnos una y otra vez para acertar de tanto en cuando. Pero la torpeza de esos chicos para escoger el momento ha supuesto un desprecio. Y, sin embargo, era tan fácil corresponderme. Con hacerme saber que aceptaban el reto era suficiente. Me he esforzado por hacerles entender la diferencia en lírica y narrativa medieval, pero también entre obligación y responsabilidad. Ayer, a las cuatro de la tarde, supe que había fracasado, al menos de momento.