jueves, 6 de abril de 2017

La mujer incompleta. Hombros

Hombros

23.28 h. Tengo los hombros helados. Me empeño en dormir en camiseta de tirantes y bragas a pesar de que paso frío. Es una manera de recordarme que antes no me hacía falta la ropa porque su cuerpo calentaba como un brasero las sábanas. Antes de ser madre mis hombros pinchaban. Sobresalía un hueso que formaba un vértice en el extremo más exterior que me daba aspecto de mujer desabrida. Nunca nadie me pasaba el brazo alrededor. Mis huesos disuadían. Mis huesos amenazaban. Me di cuenta y durante unos años me empeñé en mostrarlos a toda costa porque me iba bien mantener esa distancia con los demás. Pero incluso para torturarme soy perezosa y acabé aburriéndome de encerrarme en el baño para vomitar los cuatro guisantes que había ingerido en la cena. No logro insistir en nada más allá de los primeros quince días de un mes. En cuanto me empieza el síndrome premenstrual tiro todas las toallas que puedo, incluso las que me llevo de los hoteles, y mira que esas son gratis y blancas, las únicas blancas que tengo porque tampoco soy capaz de insistir en los lavados de la ropa; si una mancha es persistente me acostumbro a llevarla y si una toalla se empeña en amarillear la guardo en el montón del fondo del armario hasta el día dieciséis o diecisiete del siguiente mes. En mi época verde (si Picasso tuvo una azul, puedo decir que yo tuve una verde; todo lo que ingería era de ese color, al igual que todo lo que salía de mí) no tenía a nadie que me quitara esas ideas de la cabeza a fuerza de tocarme, mis padres habían empezado a poner distancia física hacia tiempo, desde el momento en el que mi cuerpo y el de mi hermana, nos llevamos poco, empezaron a cambiar. Pasamos de ver a mi padre en pelotas por casa y de jugar a escuchar los susurros que oíamos si pegábamos la oreja a la puerta de la habitación de matrimonio cuando se encerraba con mi madre a echar la siesta de los sábados, a sospechar que nuestro cuerpo estaba imantado de tal manera que todos los que se acercaban a nosotras lo hacían por el mismo polo magnético que el nuestro y los repelíamos.  
Tengo muchas toallas más o menos blancas de hotel. Cada vez que quedo con el señor minúsculas en uno me llevo una de recuerdo. Empecé con las pequeñitas, las de bidé, pero también me he llevado alguna de ducha. El tamaño de la toalla suele ser proporcional al malestar que me genera la cita.
No me puedo dormir. Escucho la voz histérica de unos contertulios que discuten sobre fútbol en la televisión. Son los mismos que mañana discutirán sobre el empleo de armas químicas en los conflictos bélicos. No entiendo ni una palabra, todo es irritación. La irritación no necesita palabras, solo vibraciones. Escucho también tus ronquidos. Imagino tus labios separados y esa garganta de fumador estirada en una contorsión incómoda. Mañana tendrás tortícolis, pero no pienso levantarme para invitarte a la cama. Prefiero que haya una barrera de tochos entre tus sueños y los míos. Me doy la vuelta y tiro de la sábana que se me ha enredado en el cuerpo. Tú almohada viscoelástica se mueve y me fijo en una mancha redondeada de babas. Reconozco el hoyo con la forma de tu cabeza en la almohada.

24.13 h. Como no me puedo dormir busco la palabra viscoelástico en internet. La wikipedia dice:

"El material viscoelástico fue desarrollado por la NASA con unas propiedades completamente innovadoras y con la intención de aliviar la presión que los tejidos podían llegar a producir en el cuerpo de los astronautas durante el despegue de la nave espacial. Este tipo de material sintético nació como resultado directo del programa espacial en los años 60, aunque fue a principios de los 90 cuando los investigadores lograron incorporarlo al uso doméstico."

También dice: "las prestaciones que ofrece son actualmente las más recomendadas para un descanso saludable: firmeza media combinada con adaptabilidad. Sin embargo, hay que saber diferenciar entre los distintos tipos de viscoelástico. (....). Otro aspecto a tomar en cuenta es la calidad de las espumas que se usan. No es lo mismo una espuma denominada sólo como viscoelástica que una que garantiza ser HR o High resilience, alta capacidad de recuperación, en castellano. Esto significa que la espuma ha sido sometida a una prueba de fatiga dinámica, en la que se estresa el material para garantizar su resistencia."

Pienso que estamos hechos de este material y que nuestra relación es viscoelástica, pero nosotros somos más de Ikea que de la NASA y eso no puede significar nada bueno en cuanto a la capacidad de recuperación de la espuma que nos recubre tras todos estos años de desgaste.

Mis padres siguen manteniendo una única almohada larga como una serpiente; eso sí, cada uno tiene su lado y mi madre no se confunde nunca porque hizo unas pequeñas marcas con un rotulador indeleble. Me dijo que lo hizo porque le da asco el lado que ocupa la cabeza de mi padre. Mi madre afirma que por mucho se laven las almohadas siempre queda un rastro de babas dentro. Mi madre es muy escrupulosa y cuando viaja siempre se lleva su almohada en el equipaje. No viaja mucho.
A mí me da igual. Aún recuerdo aquella vez que descubrimos unas manchas del color del hierro oxidado que toma la sangre cuando se seca en las sábanas de la cama de un hotel de mala muerte en nuestro único viaje a oriente. Primero nos indignamos, yo quería montar una tragedia griega en recepción, tú intentabas hacerme entrar en razón recordándome que nadie hablaba nuestro idioma en ese lugar y que en nuestro currículum vitae ponía que nuestro inglés era nivel medio y que con ese nivel no se puede discutir porque la esfera emocional la teníamos en castellano y, además, eran las tantas de la madrugada, así que acabamos apartando un poco las telas y como no nos dormíamos hicimos el amor.
Esta noche aún percibo el aroma del suavizante en mis sábanas. Tú no estás, pero al menos mi soledad huele a limpio.

00.32 h. No puedo dormir. Miro la hora en la pantalla del móvil. En cinco horas sonará la alarma. Tengo que comprarme un despertador de pilas. Leí un artículo en un suplemento dominical sobre lo malo que es tener el móvil en la mesita de noche y el wi-fi encendido toda la noche. Lo leí hace tiempo, pero sigo mirando Facebook antes de dormir. Me levanto y voy al comedor. Apago el router y el aparato de aire caliente, bajo el volumen de la tele y me fijo en lo grande que se le ve la nuez en esa postura y vuelvo a la cama.

00.45 h. Dos vueltas a la izquierda, una a la derecha, si fuera una caja fuerte ya me habría abierto. Una rodilla a la altura del pecho, una pierna estirada, un pie fuera de las sábanas, frío. "¿Qué día llegas?" (símbolo de visto gris).

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